Las esperanzas se acababan para Macarena, ya eran las cuatro de la mañana y sin ningún polvo encima más que los de su maquillaje, el regreso a su casa sería sin un peso para pagar el arriendo, sin peso para comprar comida, sin un peso para un vaso de vino.
Sin un peso, lijera, como pluma ya se daba por vencida cuando las sirenas de la policía le infartaron las piernas y le hicieron correr.
Con los tacones agujerando el piso corrió sin meta clara hasta llegar a un callejón. De la nada y entre todo se abre la puerta de un auto "Sube" dijo una voz grave de enferma o grave de seria. Sin pensarlo dos veces, y sin siquiera pensarlo subió, pasar la noche en la comisaría es peor que pasar los días sin un pan.
Gracias- dijo con el nervio en su lengua, el nervio del que por su trabajo no acostumbraba a tener en la boca.
De nada, ¿a donde te llevo?- Dijo sereno.
Y pensando en lo que su estomago decía, replicó "A donde quieras"
Te dejo en tu casa mejor - graznó, con un dejo de enojo por la insinuación.
Bueno - Dijo ella, con la cara enrojecida por la maratón y por la vergüenza en que le dejó la respuesta del hombre.
-¿Tienes hambre?
-Un poco.
-Vamos.
Y con lo que la experiencia le dictaba ella pensó en lo cínico que fue el hombre al responderle así anteriormente.
-Pasa. No metamos bulla, que los niños duermen.
-bueno, pero...
-tranquila, que no despiertan fácil. ¿Pasta?
-... y vino, si es que se puede.
Luego de comer, en un cómplice silencio, se fueron a la cama. Durmieron abrazados. Por la mañana y cuando el sol entraba a la habitación también entraron los niños.
-¡mamá!, dijeron, alegres por su regreso.
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